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La alfarería en Canarias está relacionada con la realización de los elementos más importantes para las labores domesticas de nuestros antepasados. Existen varias teorías que intentan explicar la aparición de la alfarería, una de ellas plantea que los aborígenes hacían fuego en un hueco hecho en el suelo y luego lo apagaban con barro, de este modo el barro se cocinaba y daba lugar a una especie de recipiente. La otra teoría intenta explicar la aparición de la alfarería relacionando el barro con los cestos. Los cestos se cubrían con barro y luego al cocinar en ellos el fuego separaba el cesto del barro dando lugar a una vasija. El barro surge de un proceso de descomposición geológico muy largo. El barro se compone principalmente de alúmina, hierro y otras sales. Procede de las cenizas volcánicas y por tanto al ser desplazadas por el viento durante las erupciones, debemos buscar el barro en lugares donde no hayan habido erupciones. La alfarería era un trabajo casi exclusivo de mujeres, los hombres únicamente realizaban tareas para las que era necesario un mayor esfuerzo, la extracción y traslado del barro y ocasionalmente el guisado de las piezas. El desconocimiento de la existencia del torno en Canarias, contribuye a que la alfarería tenga que realizar sus piezas exclusivamente a mano. Cuando la alfarera dispone del barro, procede a majarlo con piedras o palos hasta conseguir un barro más fino. Posteriormente lo cierne para deshacerse de los fragmentos de mayor tamaño y en el alfar, coloca el barro en su mesa de trabajo. Tras mojarlo se soba, es decir se amasa, para eliminar posibles burbujas de aire y obtener una textura lo más uniforme posible. Se van cogiendo pequeños trozos de barro, uno de ellos se prensa con la mano hasta conseguir lo que será, la base del recipiente. Sobre él y desde sus bordes se van colocando sucesivamente los bollos, cordones de barro para formar las paredes del recipiente, hasta conseguir la altura adecuada. En este momento, con el callado o carraspentito mojado se recorre toda la superficie interna del recipiente, para dejarla toda al mismo nivel. El brillo se consigue al pasarle la mantilla, un trozo de fieltro húmedo, este último paso se conoce como alisar. Las piezas se dejan secar un poco para luego, con unas tijeras o un cuchillo eliminar el barro sobrante de las paredes externas del recipiente. Tras este paso, se le debe pasar nuevamente el callado y la mantilla para conseguir el mismo efecto tanto en el exterior del recipiente como en el interior. El barro sobrante es comúnmente conocido como levadura y se guarda para utilizar en otra ocasión. Tras la Conquista se extendió la utilización del horno, con el que se evitaba que esporádicas ráfagas de aire grietaran o rompieran las piezas. Dentro del horno se hace una hoguera y es únicamente cuando queden las brasas, el momento en que se coloca la loza, las de mayor tamaño en el fondo. Después se continúa añadiendo leña para avivar el fuego y esta vez, se deja que el fuego se apague solo, para sacar las piezas ya guisadas. Las piezas terminadas se llevaban por diferentes puntos de la isla para ser vendidas o cambiadas por alimentos. El bernegal y la talla se utilizaban para almacenar el agua que se obtenía de las destiladeras. El gánigo, antiguo vaso sagrado de los aborígenes. Las ollas, cada una exclusiva para cada alimento. Los tostadores para millo, castañas, café, braseros (los antiguos fogones). Sahumadores para ambientar las casa. Tarros de ordeño. Macetas y patungas, macetas con forma de zapato para colgar en la pared. Miniaturas de todo lo anterior, eran los juguetes con los que jugaban nuestras abuelas. Las alfareras se agrupaban por zonas y por esta razón, hace muchos años, era importante la Cuesta de la Matosa, en La Victoria de Acentejo. La última alfarera que quedaba en esa zona era Adela Hernández. Son ahora sus hijas e incluso nietas, las que continúan con el oficio.
Es en San Andrés vo, pero cuando se prueba el vino nuevo unos meses antes de estas fiestas todos los viticultores de la isla revisaban y preparaban los toneles que iban a guardar el vino nuevo, el tiempo necesario hasta que se pudiese degustar. Es el tonelero el encargado de esta labor, mayormente de reparar los toneles estropeados. La materia prima más importante es la madera de Roble, aunque no todas las especies de Roble se pueden utilizar, la madera obtenida del Roble francés y el americano de Virginia es la más adecuada. Otra de las maderas utilizadas es la del Castaño y en casos de carecer de las anteriormente citadas se empleaba la de Cerezo. Estos tipos de madera deben emplearse en estado puro ya que si se someten a algún tratamiento pueden estropear el vino, por ello es necesario, dejar solamente secar al sol. La madera para la fabricación de los toneles debe ser traída desde América o Europa lo que dificulta enormemente la labor del tonelero. Ellos también tiene dificultades para conseguir sus herramientas de trabajo porque han dejado de fabricarse y por esta razón ellos mismos se ven obligados a repararlas. A pesar de todos estos inconvenientes, aún hoy se siguen prefiriendo los toneles hechos artesanalmente, incluso en las bodegas más modernas.
Las palmeras son uno de los arboles más abundantes de nuestras islas, la palmera datilera Phoenix datilyfera L. y la palmera canaria, Phoenix Canariensis, esta última es la más importante y utilizada para la elaboración de artículos de palma. Prácticamente todas las partes de una palmera son aprovechables, los troncos se utilizan para la realización de " corcho de colmenas", los foliolos de las hojas se utilizan para hacer sombreros, escobas, esteras, las varas de las que parten los dátiles también se utilizan para hacer escobas. Las hojas y dátiles sirven como alimento para el ganado, pero lo más característico es la obtención de guarapo y miel de palma. A pesar de que se distribuyen prácticamente por igual en todo el archipiélago, hay zonas que destacan por tener los mayores palmerales. En Tenerife destacan municipios como el de Masca, Taganana, Santa Ursula y La Victoria. Normalmente las hojas de palmera se cortan en verano. Cada artesano contrata a una persona especializada para deshojar las palmeras que poseen en sus propiedades, las de vecinos de las cuales han recibido permiso, o en ocasiones les regalan las hojas. Actualmente existen restricciones para cortar las hojas de las palmeras, normas que dificultan cada día más la tarea del artesano. Antiguamente e incluso hoy, en algunos lugares rurales era muy normal ver a las mujeres con un haz de hojas de palmera a la cabeza, en la cadera, espalda u hombros. Las hojas se ponen al sol y se les da vuelta cada día, para que consigan un color homogéneo en toda su superficie. Este proceso se realiza durante aproximadamente un mes. Posteriormente se le cortan los picos que encontramos en la base de sus hojas y se procede a quitar cada foliolo para luego guardar en un lugar seco, hasta que se vaya a utilizar para realizar los artículos que una vez terminados se llevaban por las tiendas para venderlos o se reservaban para vender en el mismo lugar de fabricación. El proceso de fabricación consiste principalmente en el trenzado de un pequeño número de foliolos. Antiguamente este oficio estaba muy extendido por las islas, pero poco a poco fue disminuyendo el número de artesanos que trabajaban la palma, hasta nuestros días, aún más escaso. En La Victoria únicamente pudimos encontrar uno.
La silla Victoriera está influenciada por las sillas de estilo Ingles del siglo XVIII, concretamente por tres estilos diferentes, Sheraton - Hepplewhite y Menorquín - Ingles. El estilo Chippendale se caracteriza por tener espaldares más anchos en su parte superior, patas con tendencia a unirse en su parte inferior y travesaños en forma de H. El estilo Sheraton - Hepplewhite se relaciona con la silla Victoriera en sus espaldares, decorados con escudos, flores, acanaladuras, formas de lira, de corazón... El estilo Menorquín - Ingles emplea madera con mayor grosor y espaldares altos y anchos en su parte superior. El estilo Menorquín se cree debido al asentamiento en nuestra isla de un militar procedente de Menorca con conocimientos de carpintería y que se dedicó a la fabricación de las sillas Victorieras. Durante el siglo XVIII la continua llegada de ingleses a nuestra isla, muchos de los cuales traían sus enseres domésticos, entre ellos, alguna silla que cuando se deterioraban eran reparados por los carpinteros de Tenerife, a la vez que estos copiaban pequeños detalles de estas sillas y de algún modo, todos estos estilos se fueron mezclando poco a poco hasta dar lugar a nuestra silla, la silla Victoriera.
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La artesanía victoriera se caracteriza por su riqueza y diversidad. La principal actividad es la alfarería, que tiene su origen en la que realizaban los guanches. Fiel ejemplo es la labor de Dª Adela Hernández, ya fallecida, cuya valía es reconocida, incluso, en el museo de Berlín. Herederas de esta sabiduría son sus hijas, que continúan, junto con otras artesanas victorieras, difundiendo esta tradición a través de sus piezas. La artesanía de la madera se manifiesta en dos vertientes: por un lado, la silla victoriera, distintivo del municipio, y por otro, la que da respuesta a una tierra de vino abundante como es la tonelería o la antigua fabricación de lagares. Rica es también la producción de calados de complicados dibujos, así como los trabajos de palma.
